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¿Es é³Ù¾±³¦²¹ tu cadena de suministro? Lecciones de Tony’s Chocolonely
Desde las prácticas laborales hasta la sostenibilidad ambiental, ¿refleja tu empresa el verdadero coste de lo que produce? Descubre cómo ser rentable sin lucrarse injustamente.
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Hace años que se habla de los imÂpactos negativos de la moda ráÂpida: desde las presiones que reÂciben los proveedores para que recorten costes, lo que les obliga a buscar fuentes de mano de obra más baratas –incluida la infantil–, hasta los efectos dañinos en el medioambiente, con vertederos de ropa de usar y tirar por todo el planeta. Aun asÃ, de media, los consumidores compran una prenda nueva cada cinco dÃas.
Asà las cosas, ¿qué esperanza puede haber de romper el ciclo de otro producto codiciado, el chocolate? Como en la moda rápida, el norte gloÂbal disfruta de este bien a costa de que gran parte del sur global sufre profundos costes. Los grandes fabricantes de chocolate pueden mantener bajos sus precios porque la mayorÃa de los agricultores del cacao ganan menos de un dólar al dÃa. En las principales regiones cacaoteras de Ã�frica occiÂdental, se fuerza a niños de cinco años a trabajar hasta 14 horas al dÃa, acarrear pesados sacos y maÂnejar motosierras y machetes para desbrozar las tierras y cortar las vainas de cacao.
Aunque estas prácticas son ilegales, el cumpliÂmiento de la legalidad, como sucede también con la moda rápida, depende en gran parte de lo bien monitorizada e incentivada que esté la cadeÂna de suministro. Y aunque hay quien opta por el comercio justo para no sentirse mal, la mayorÃa compra su chocolatina favorita sin detenerse a pensar en cómo se ha elaborado ni si se dan injusÂticias sistémicas en la cadena de suministro.
Las cadenas de suministro son turbias. Pese al auÂmento de la información y de la concienciación, 160 millones de niños trabajan en ellas, según la . Eso equiÂvale a uno de cada diez niños de todo el mundo, más de un tercio de los cuales no asisten al coleÂgio. Muchos están esclavizados y realizan trabajos peligrosos con pocos o ningún mecanismo de suÂpervisión o control.
Tales prácticas permanecen ocultas y olvidadas. Tal y como señalo en mi nuevo libro, (Los especuladores. Cómo las empresas privatizan los beneficios y socializan los costes), muchas grandes empresas –del chocolate a la moda– llevan demasiado tiempo externalizando los impactos negativos de sus operaciones mientras acumulan beneficios. Sus programas de sostenibilidad grandilocuentes solo afectan a parte de su cadena de suministro y abordan más los sÃntomas que los factores subyacentes que causan los mayores perjuicios.
Mi investigación académica lo corrobora. Junto con otros autores, de distintos sectores y con sede en 45 paÃÂses. Pese a que cada vez más los grupos de interés exigen a las compañÃas ser sostenibles e informar de su impacto, hemos comprobado una práctica usual: la divulgación selectiva de las acciones posiÂtivas –como la obtención de algún certificado que suene a responsabilidad– para desviar la atención de comportamientos menos vistosos.
Las grandes empresas propician nuestro descoÂnocimiento de las realidades sobre el terreno. En el mejor de los casos, desvÃan nuestra atención de las condiciones de sus cadenas de suministro; en el peor, propagan desinformación para manipular a la opinión pública y hacernos creer que no hay nada de lo que preocuparnos (caso de la industria de los combustibles fósiles). Sea como fuere, nadie quiere pagar un coste mayor por los productos.
¿Quién carga con ese coste? Sobre todo, los niños de economÃas rurales, que quedan fuera del alÂcance de inspectores, organizaciones de defensa de los derechos de los trabajadores y productoÂres de paÃses lejanos. Pero, al final, todos estamos implicados. Cuanto más nos beneficiemos de la perpetuación de estas condiciones con nuestras prácticas de producción, distribución y markeÂting, y endosemos los costes a otros, más cómpliÂces seremos de la degradación del bien común. El cambio climático, la desigualdad y el racismo comparten el mismo problema de fondo: el regalo que hacemos a las empresas cuando externalizaÂmos las consecuencias de nuestros actos en lugar de asumirlas.
El verdadero precio de las cosas
No todo son malas noticias. Algunos actores resÂponsables, además de exponer la cara oscura de las cadenas de suministro, crean programas y sisÂtemas para aliviar estos problemas. Es el caso del emprendedor social holandés Michel Scholte, coÂfundador de .
A su criterio, el norte global mantiene a “los paÃses ricos en materias primas en una posición servilâ€� para explotar sus recursos naturales y mano de obra en beneficio propio. Al no recibir una comÂpensación equitativa, los productores del sur gloÂbal carecen de capital para progresar económicaÂmente. Es una trampa del sistema que garantiza la continuidad de estas prácticas, a no ser que camÂbiemos leyes, dinámicas empresariales y hábitos de consumo.
True Price aboga por que el precio de las cosas refleje el verdadero coste de producción, de forÂma que los ciudadanos se hagan una idea cabal de lo que compran y consuman en consecuencia. Basándose en los de Naciones Unidas, pretende establecer normas de referencia para todas las cadenas de suministro: desde una provisión adecuada de comida, agua y techo para los trabajadores hasta una producción libre de toxinas letales o perjudiciales para el medioambiente.
Placer culpable, pero menos
Otra empresa neerlandesa que trabaja para coÂrregir las injusticias sistémicas de las cadenas de suministro globales es . IncaÂpaz de llamar la atención sobre el problema de la esclavitud infantil en las plantaciones de cacao, el periodista Teun van de Keuken recurrió a un ardid televisivo: comió chocolate y se entregó a la poliÂcÃa como cómplice del delito de esclavitud infanÂtil. No se presentaron cargos en su contra, pero el episodio generó debate y le llevó a abrir su propia empresa de chocolate ético en 2005, llamada Tony (por Teun) y lonely como metáfora de su lucha aparentemente solitaria.

La empresa trabaja con cooperativas de Ghana y Costa de Marfil, donde ayuda a miles de agricultoÂres a tener unos ingresos decentes. Eso en sà ya es un avance, pues la mayor parte del sector apenas destina el 5% o 6% del precio de cada chocolatina a los agricultores. Tony’s certifica que no emplea mano de obra esclava, lo que sigue sin ser la norma.
El siguiente paso de Tony’s fue atacar estos proÂblemas de forma más sistemática. Se alió con True Price para tasar el precio real del cacao que compraba. No obstante, pagarlo mejor que otras compañÃas no aseguraba a los trabajadores un nivel de vida digno. Consciente de que los baÂjos sueldos son la raÃz de problemas más graves, como el trabajo infantil ilegal, la esclavitud moÂderna y la deforestación, Tony’s sigue luchando por cerrar esa brecha. Desde 2013, paga a los agriÂcultores un precio de referencia de ingresos vitaÂles que incluye primas adicionales, además de la establecida por .
Ejemplos de buenas prácticas
El caso de Tony’s ofrece buenas prácticas que seÂguir para combatir estos problemas y tener una cadena de suministro más é³Ù¾±³¦²¹.

