ÌìÃÀ´«Ã½ Insight
El populismo pone en jaque la independencia de los bancos centrales
Pese a las grietas del ‘statu quo’, los bancos centrales deben luchar por su autonomÃa.
Por José Manuel González-Páramo
No parece que Donald Trump vaya a cambiar el discurso de su primer mandato de presionar a la Reserva Federal para que baje los tipos de interés. En agosto del año pasado avisó en una rueda de prensa: “El presidente [de Estados Unidos] deberÃa tener algo que decir […] En muchos casos, mi instinto es mejor que el de quienes están en la Reserva Federal, incluido su presidenteâ€�.
La retórica de Trump presagia importantes choques polÃticos y económicos en los próximos años. De desbocarse la inflación en una economÃa ya de por sà sobrecargada, la Reserva Federal podrÃa verse obligada a mantener los tipos altos, lo que abrirÃa un largo conflicto entre la Administración Trump y el banco central estadounidense.
Cuando el populismo colisiona con la polÃtica de los bancos centrales
Aunque Trump no serÃa el primer dirigente que intenta quebrar la independencia del banco central de su paÃs, debemos insistir en la necesidad de la autoridad monetaria. El de TurquÃa es un caso aleccionador. Desde 2016, el Gobierno turco ha despedido a seis gobernadores del banco central por resistirse a las injerencias polÃticas. Dichos despidos, junto con las limitaciones legales a la subida de los tipos de interés, han avivado la inflación, que se disparó del 10% en 2019 a un pasmoso 85% en 2022. El año pasado, la inflación media fue de algo menos del 50%.
En Reino Unido, Liz Truss propuso revisar los estatutos del Banco de Inglaterra en 2022, una decisión tildada de “profundamente irresponsableâ€� por la oposición y torpedeada por los mercados. Otras intentonas han prosperado. Por ejemplo, Nueva Zelanda ha establecido requisitos de cualificación para los consejeros del banco central –con el objetivo de excluir a los profesores de macroeconomÃa–, además de adjudicar su nombramiento al ministro de Finanzas.
Mientras, cada vez hay más personas con conexiones polÃticas en los bancos centrales de todo el mundo. Y no es difÃcil entender por qué. La polÃtica monetaria puede ser útil para los objetivos polÃticos a corto plazo, como contentar a grupos de interés, facilitar la financiación de la deuda o estimular la economÃa antes de las elecciones.
La fragilidad del statu quo
Los bancos centrales no siempre han operado de manera autónoma. De hecho, su independencia es un fenómeno relativamente reciente.
Antes de 1980, solo unos pocos –como el Bundesbank y la Reserva Federal– disfrutaban de una autonomÃa significativa. El Banco de Inglaterra, por ejemplo, no la consiguió hasta 1998.
Las crisis inflacionarias de los años setenta espolearon en la siguiente década reformas en los paÃses desarrollados y la región de Asia Oriental-PacÃfico. Los polÃticos se dieron cuenta de que, si dejaban que los bancos centrales dieran prioridad a la estabilidad de los precios, el resultado era una polÃtica monetaria más eficaz. Este cambio alumbró un perÃodo de estabilidad económica extraordinaria, conocido como la Gran Moderación, que duró hasta 2008.
Las dos ventajas más importantes de la independencia a los bancos centrales son:
- La reducción de la inflación. La autonomÃa de los bancos centrales está fuertemente relacionada con una inflación más baja, aunque su impacto disminuyó algo en el perÃodo de baja inflación de finales de los 2010.
- La estabilidad productiva y financiera. Aunque en ocasiones se puede ligar a la volatilidad o los problemas financieros, la evidencia muestra de forma robusta una reducción del riesgo sistémico, sobre todo en las crisis económicas.
La independencia de los bancos centrales también tiene una “función polÃticaâ€�: son el chivo expiatorio perfecto en tiempos de crisis económica. Además de la estabilidad de los precios, esta es la razón por la que los polÃticos en el poder no se oponen a la autonomÃa del banco central.
Quizá por ello no sorprenda que el 62% de los gobernadores de los bancos centrales no perciban que su independencia está amenazada. Ahora bien, solo el 13% de los economistas comparten su optimismo. Figuras tan destacadas como Charles Goodhart o Willem Buiter dudan que la independencia de los bancos centrales siga siendo viable y no simplemente un producto de su tiempo, mientras que Milton Friedman siempre sostuvo que carece de legitimidad democrática, por lo que defendÃa una polÃtica monetaria regulada que limitase su discrecionalidad.
Una triple amenaza Â
La realidad avala el escepticismo actual de los economistas. De la crisis financiera de 2008 a la reciente ola inflacionaria, los acontecimientos económicos desmienten que los bancos centrales puedan seguir cumpliendo su mandato. La crisis financiera global de 2008 hizo añicos la creencia de que los bancos centrales habÃan encontrado la llave de la estabilidad económica perpetua.
Los economistas ven tres amenazas al statu quo:
- La inflación y deflación
Cada vez se cuestiona vez más la legitimidad de los bancos centrales. Ello es debido a sus dificultades para controlar la inflación –tanto los mÃnimos prepandemia como los máximos pospandemia– y las crÃticas relacionadas con las medidas que tomaron durante la crisis financiera de 2008. Por ejemplo, la expansión cuantitativa y los tipos de interés casi cero, aunque fueron vitales para estabilizar las economÃas, han difuminado los lÃmites entre la polÃtica monetaria y la fiscal. Aparte de beneficiar la deuda a expensas del ahorro, han aumentado la preocupación por sus efectos redistributivos.
- La ampliación de funcionesÂ
Las últimas crisis han obligado a los bancos centrales a ir más allá del mandato de la estabilidad de precios. AsÃ, han asumido funciones, como la supervisión financiera y la gestión de balance, que profundizan en su vertiente polÃtica. Aunque su implicación en cuestiones como el cambio climático y la redistribución puede ser útil, también supone un riesgo que podrÃa diluir su eficacia, comprometer su neutralidad y valerles la acusación de extralimitarse en sus funciones.
- La percepción de ilegitimidadÂ
También se cuestiona cada vez más la legitimidad de las instituciones no elegidas democráticamente que ejercen un gran poder, lo que pone de manifiesto la fragilidad del apoyo polÃtico que sostiene su sólida lógica económica. Considerados en su dÃa casi infalibles, los bancos centrales se ven hoy como agencias independientes que ostentan una autoridad delegada y por tanto deben rendir cuentas. Su proximidad a las decisiones polÃticas durante las crisis ha suscitado aún más crÃticas, además de socavar la confianza y alimentar los discursos populistas.
LÃmites, transparencia y legitimidad
Ante las presiones populistas y cierto escepticismo de los economistas, para que los bancos centrales sigan siendo independientes hay que responder a la triple amenaza con soluciones que garanticen su eficacia y legitimidad.
Las reformas más importantes que acometer son:
- Fundamentar la independencia en valores democráticos. Se trata de centrarse en los marcos jurÃdicos, la estabilidad de precios, la estabilidad financiera y la adhesión a los principios del Estado de derecho, evitando mandatos no relacionados como el cambio climático.
- Mejorar la rendición de cuentas y la reputación. Hay que alinear la rendición de cuentas con el ámbito de la misión mediante objetivos claros, informes transparentes y una comunicación dirigida a diversos públicos que reduzca la percepción de ilegitimidad.
- Reforzar la independencia institucional y financiera. Es necesario garantizar, a través de los procedimientos de nombramiento, la cualificación y neutralidad polÃtica del gobernador y los miembros del consejo, asà como aislarlos de los cambios polÃticos.
- Poner el foco en la responsabilidad social. Los bancos centrales deben practicar la contención, evitar la percepción de que tienen un poder excesivo y dar prioridad a sus funciones delegadas para generar confianza y minimizar las injerencias polÃticas.
La independencia de los bancos centrales ha sido decisiva para la estabilidad económica, pero sigue su curso en los sistemas democráticos. El debate actual debe verse como una oportunidad para dar brillo a su legitimidad y responsabilidades.
